Va a terminar el mes y veo con frustración que, he llegado a menos de las veinte entradas, en lugar de las sesenta a las que me comprometí al inicio de esta tarea. Me quedan pues, dos alternativas; superarme y tratar de cumplir la promesa empeñada, escribiendo un promedio de tres entradas diarias; o simplemente apelar al denominado sentido común, y en lugar de generar una entrada diaria convenir con ustedes en escribir cuando pueda.
El tema de escribir y publicar es una cuestión de dos: quien perpetra los escritos, y quien los lee. Este último creará un universo, a partir de lo que interpreta el primero. Siempre ha sido así, y por ello existirá más de una versión de un texto, por ello existen tantas escuelas religiosas a partir de un mismo texto sagrado. Por eso Schiller puede ser utilizado como inspiración de algo tan hermoso como el último movimiento de la Novena, y a la vez algo tan patéticamente descuidado como el primer trabajo trance de Von Deylen.
“Que no me juzguen por lo que he escrito sino por lo que he leído” dice Borges, durante años esa fue mi divisa, con ella podía justificar mi flojera por escribir y mi avidez por leer, sin embargo, quizás lo que no decía JLB era como se sentía escribiendo, y es que la acción de derramar manchas de tinta sobre un papel siempre me ha sido querida. Existe una exaltación diferente a muchos placeres cuando lo haces, no digo que los reemplace, pero algo de eso hay.
El comunicar nuestras ideas a través de un documento (ahora electrónico) tiene particularidades, estoy convencido que es un acto fundamentalmente racional. A diferencia de hablar y oír que son acciones sensoriales, y no están exentas de sensibilidad; el tono, la velocidad, la mímica que acompaña a nuestros decires, expresa mucho más de lo que las palabras definen. Un escrito no tiene mímica, y su sonido apenas nos impacta, es una comunicación de una mente a otra, expone o trata de describir un pensamiento, un hecho, un suceso imaginario o real (que en resumen es lo mismo, pues ocurre en otro tiempo y espacio que no es el nuestro, es decir esta fuera de nuestra propia realidad). Un escrito tiene carácter de propiedad, de afirmación del ser.
Cuando nuestros escritos funcionan correctamente, podemos abstraernos y eliminar el tiempo, podemos, si la lectura es fácil y ha sido construida adecuadamente, perdernos en la mente de otros. Si somos lo suficientemente entregados, podemos discurrir por mundos ajenos a este, y crear esa comunión de mentes que la mayoría de malvados prohíbe. Estamos trasmitiendo ideas. Eso, que existe sin ningún tipo de dudas, es la razón por la que creo que las palabras constituyen una de las formas, que utilizaremos para salir de nuestro encierro, es cierto, son una herramienta que también puede servir para encerrarnos aún más, pero es una herramienta puramente racional, debemos respetarla, y saber usarla. Entiéndase por esto último, el darle uso adecuado, y no simplemente seguir reglas ortográficas.
Cuando escribimos, y logramos algún sonido diferente, cuando hacemos poesía, nuestra conspiración con el lector es incluso más criptica, desechamos ciertas frases, ciertas reglas gramaticales y ortográficas para llegar con un sentido diferente, que la mera descripción o exposición no consigue, hemos trasmitido un sentimiento.
Es por eso que ahora escribo, para saberme conspirador y creador de ideas, para afirmar mi yo y sentirme exaltado, para apreciar el sabor de las frases que aunque finitas crean algo infinito, para creer en que la salida de este infierno es posible y escaparse no esta lejos.
domingo, 31 de enero de 2010
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