Camus opinaba que aquella persona que escribe sobre su rutinaria vida, y construye sus personajes a partir de sus conocidos y amigos, para con ello hacer una obra de ficción, no es un escritor respetable. Quizás en la traducción se confundió el termino escritor por el de fabulador, o el de construir por copiar. Me parece que no existe ninguna obra literaria que no tenga que ver con las vivencias de su creador. Ni el infierno de Dante, ni el paraíso de Milton, por citar algunos lugares que son completamente imaginarios, o el apocalipsis de Juan, tienen el carácter de ser completamente ajenos a sus autores.
Yo escribo sobre situaciones que me ocurren y que mi particular cerebro, mi particular forma de apreciar colores, puede interpretar, si mis teorías comulgan con otras que sostienen muchas otras personas, es una manifestación de que precisamente somos hombres humanos, pertenecemos al mundo mundial y tenemos acceso a una buena parte de la cultura terrestre. Cultura que se forma a partir de la acción de nuestra subjetividad sobre los demás objetos de este lugar de castigo.
Como parte de las penurias que debemos pasar, muchos de nosotros somos asignados a lugares en que somos extraños, en que nos rodean personas que están tan entregadas al papel que les han encomendado, que realmente creen que es su misión en la vida y no una actuación. Lo explico: operarios que obedecen cumplidamente las ordenes de sus jefes, por absurdas que ellas sean, gerentes que creen que el hecho de que les hallan entregado ese título, los hace inteligentes y maduros. Empleados con potencial, que podrían vender a sus propias madres, por ejercer ese potencial que les dijeron tenían, y convertirse en jefes de sección, de departamento, gerentes, exitosas personas, rodeadas de otras exitosas personas como ellos… pobres diablos.
En la empresa en que trabajo, soy un ente extraño, “un mal necesario” según la opinión de varios gerentes, creó que hasta el dueño de la empresa tiene para mí esa calificación. Para otros soy “inteligente pero loco”, que es la forma de decir que resuelvo problemas y hallo soluciones exitosas para la empresa, pero que no acostumbro hacer reverencias y caravanas. Creó tener el apoyo de mis colaboradores, las personas que realmente hacen que funcione la empresa, y con quienes me siento comprometido. Yo sé que estoy preso.
En la empresa a fines de año hay un febril trabajo por presentar en un documento único, compendiado de todas las áreas, que resume lo alcanzado en el año y lo que se propone conseguir en el próximo, en realidad, una fiesta para quienes gustamos del teatro farsesco, y ver en su esplendor a las conductas abyectas. El presupuesto y las proyecciones, función que se viene repitiendo hace unos 13 años, es un espectáculo único para este escribiente.
Las caras tristes, los regaños y frustraciones, las palmaditas en el hombro y las risitas cómplices abundan. Lo que resulta increíble, es que luego de preparado el mamotreto, nos reúnan a todos para escuchar a los diversos gerentes, hablando sobre esos logros y esas proyecciones que sabemos inciertas, porque ninguna de ellas responde a la pregunta central de un presupuesto: ¿En que nos ayuda lo que planteas, al logro de nuestros objetivos?. Y no pueden hacerlo porque hasta ahora no existe mayor objetivo que el hacer sentir poderosos a los directores, y demostrarle al dueño, que ejerce un poder omnímodo, y un conocimiento omnipresente de cada ser humano que labora en su fábrica. “Nuestros” objetivos como empresa, no existen.
He llegado muchas veces a pensar, que el propietario de la empresa a la que asisto, pertenece a “los otros”, ese grupo de entes, que se encarga de que no salgamos de la botella, y recordemos que estamos aquí para ser castigados, pero con lo años me convenzo que es otro castigado más, que lástima.
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