Hace más de dos meses, el anuncio de la próxima construcción del Hospital del Instituto de Salud del Niño, en los alrededores de la urbanización Javier Prado de San Borja, despertaba una corriente de protestas de los vecinos del predio, quienes manifestaban que un edificio de esas características atraería una cantidad de personas de “escasos recursos”, y generaría un movimiento que haría bajar el valor de sus propiedades, que hasta ahora tienen el carácter de “exclusivas”, alguna representante de lo más selecto de nuestra fauna, llego a declarar que “no era justo que ellos se sacrificaran por un centro en que no iban a atender a sus hijos”… El termino sacrificio se ha desvalorizado tanto?.
Cuando niño siempre ví con admiración los hechos heroicos que narraban mis profesores, Grau tenía quizás las mismas dimensiones que Superman, (aunque claro, no le hubieran venido mal un poco de invulnerabilidad), Túpac Amaru se me figuraba un gigante combatiendo contra fuerzas que utilizaban tecnologías incomprensibles para su entender. Entre estos hechos entreveía las galas del sacrificio. No fue sino hasta los diez años, en que un perro que criábamos en casa tuvo un accidente y el veterinario (al que accedimos por efecto de las propinas combinadas de mi hermana y mías) indico que el animal debía sacrificarse. Entonces tuve plena conciencia de la palabra, después de una de las primeras largas conversaciones que tuve con mi padre (realmente las extraño viejo).
Me interesé por la hagiografía muy rápidamente después de esa conversación (hagiografía: vida de los santos), realmente me interesaba el tema del sacrificio. Las muestras de humildad, templanza, paciencia y demás virtudes, no me parecían en realidad ejemplos de sacrificio. El morir, o dejarse matar, por una fe religiosa –a mis once años- me comenzaba a parecer extraño o por lo menos exagerado…y de repente conocí a Gotama, leí en un capítulo de la revista Avanzada, (importante revista nacional que guarda en sus paginas quizás los primeros comics peruanos realmente organizados), un relato de cómo el Buda histórico, cortaba trozos de su carne para salvar a una paloma de la muerte, a quien él ofreció proteger, y como esos cortes le provocaban además del dolor, la muerte: un ejemplo de sacrificio… truculento, sangriento y cínicamente inútil (la paloma era una animal y en mi escala, me parecía increíble una comparación con una vida humana). Sin embargo, no había fe religiosa en ese sacrificio, no habían necesidades heroicas, había simple y puro compromiso con la vida, con la libertad, y aunque suene cursi, con el amor. Después de un par de visitas al pequeño Larousse Ilustrado, quedé claro sobre el término, y me ha parecido desde entonces una de las palabras que guardo con más respeto.
¿Que puede impulsar a un hombre a sacrificarse?, lo primero en que pensamos es su familia, particularmente sus hijos: el extenuarse trabajando, el tratar de ser ejemplo moral y físico, el ir más allá de sus fuerzas para conseguirles alimentación, vestido o educación, en una palabra: supervivencia (el trocito de inmortalidad que podemos alcanzar lo conseguimos a través de ellos, no fue acaso esa la principal motivación?). Lo más cercano a un cruel sacrificio filial lo ví en el film “Sophie´s Choice”, en él se le da como alternativa a una madre de dos hijos, que escoja cual de ellos debe ser asesinado. Eso es escalofriante y puro sacrificio. (que más valioso que tu propia muerte puedes ofrecer sino una vida de arrepentimiento).
Ofrendar la vida por… la patria… nuestros ideales… un amor...vistas todas las motivaciones pareciera que este tipo de sacrificios tiene más de soberbia y exaltación, que de renuncia a la vida. Por ello, generalmente… no nos salva de este infierno.
Por todo lo dicho, guardo mucho respeto por la palabra, y me parece estúpido, inmoral y denigrante, que se la use para cubrir motivaciones como la de la señora del inicio de esta entrega, verdadera representante de nuestro infierno.
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