Hoy recibí una llamada a media mañana, de un entrañable amigo, quien trabajó conmigo hasta hace justamente una semana. Su primera pregunta fue que estaba yo haciendo. Le contesté – como hacemos todos cuando una pregunta nos halla en medio de un momento de honestidad – con la primera verdad que tenía: Nada, le dije, en este momento hago nada.
Hacer nada, significa muchísimas cosas: la primera es una expresión para indicar que se hace lo de siempre, lo rutinario; en otras ocasiones resulta que lo hecho es poco importante, casi sin valor; para otra gente - unida a temas filosóficos- es la vacuidad necesaria, para encontrar el impulso con el que completar una obra importantísima. Pese a todas estas definiciones, el concepto de hacer nada es embarcarse en absurdas acciones que tienen por objeto evitar que se pueda lograr la transformación de algo.
El inglés que es un idioma que tiene al pragmatismo por norma, define el “do nothing” como “taking no action”, no tomar acción, y le da contexto entre la política y la ocupación. En el castellano negamos la acción, “no hacemos nada”, decimos, semánticamente esto significaría “hacer algo”, pero cuando usamos la expresión, lo que generalmente queremos expresar es que nos “quedamos cruzados de brazos”.
Y es que esa es una actitud cómoda: es que resulta más sencillo ver que alguien comete un abuso, y “hacer nada”, ver como la corrupción cubre todo el espectro político de nuestro país y “hacer nada”, ver como las oportunidades de ser mejores pasan ante nuestros ojos y “hacer nada”. Porque “hacer nada” significa no solo estar quieto, significa no hablar, no opinar, no lanzar desaprobadoras miradas…y de resultas de tan cobarde oficio, terminamos no pensando, repitiendo frases, aceptando al bandidaje como gobierno y a la permisividad como norma de vida.
Después que le dije a mi amigo, que en el momento de su llamada no hacia algo importante, reparé en que sí, en que realmente estaba solucionando unos puzles que la empresa Lumosity brinda online, para aquellos que gustamos de la gimnasia cerebral, que no hacía en esos momentos algunas de las funciones por las que la empresa en que me empleó, me paga por hacer. Pero hacia algo, cuya importancia era inferior, a la de por ejemplo, escribir este blog, pero seguramente era mayor a la de sentarme frente a la pantalla y leer correos que me informaban de las acciones de otros, del estado de mi cuenta o de las oportunidades de comprar cualquier producto a un precio imposible de repetir.
Que hace importantes los momentos que vivimos desde que salimos del sueño nocturno, hasta que volvemos a él, dieciséis o veinte horas más tarde? Que permite darle a nuestras acciones un valor mayor que “nada”?. Pareciera ser que los únicos encargados de valorar eso somos nosotros mismos, lo que significa que el juicio no será imparcial y tendremos dos docenas de justificaciones para explicar nuestra quietud, sino nuestra ociosidad.
Y si existiese ese final juicio, si existiese ese famoso tribunal que nos preguntase: Que hizo con su vida señor Fulano? …También responderíamos ¿nada?, estoy seguro que muchos nos veríamos en figuritas, para explicar nuestra inoperancia, nuestra flojera a intentar cosas que pudiesen cambiar al mundo, a nuestras familias, siquiera a nosotros mismos. Buscaríamos en nuestra memoria las pocas veces que nos atrevimos a dar un consejo, a apoyar a un amigo, a oponernos a la injusticia o a la corrupción. Si en la revisión que Ud. ha intentado en este momento, hay algo que pueda salir del concepto de nada, comience a atesorarlo, comience por favor, a considerar lo bien que se sintió al hacerlo. Una de las salidas de este infierno es evitar la quietud, la molicie, oponerse a aceptar las voces y las acciones de los otros. El infierno es un lugar tranquilo, donde hacemos nada.
domingo, 18 de abril de 2010
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